El metro

Rossana Cantarely*

Entrar al metro es entrar a un gusano subterráneo. Iba bien vestido, bajé a la estación del metro como a eso de las 2:30 de la tarde para llegar a tiempo al centro de cómputo de la Academia. Hoy veríamos el Corpus Diacrónico del Español (CORDE) un proyecto que pretende recoger 125.000.000 de palabras que abarquen desde los inicios del idioma hasta el año 1974, y luego hablaríamos delCorpus de Referencia del Español actual (CREA), que comprende el período de 25 años entre 1975 y el 2000 ytendremos el prontuario de marcación SGML, vademécum de los codificadores del Corpus Diacrónico.

Me gustaba viajar en el metro, la estación que me quedaba cerca era de categoría. Me había perfumado e iba estrenando aquella chaqueta de cuero café que ansiaba ponerme con el pantalón negro, ese que me quedaba ajustado al cuerpo, dentro usaba una camisa de punto verde que había comprado en Zara. Recuerdo que me vi ante el espejo, antes de salir, y me sonreí. Me peiné el bigote y me puse crema para las espinillas. Me veía bien, muy bien.

Ese día el metro iba llenísimo, pero casi todos los pasajeros eran ejecutivos y estudiantes que suelen transitar en el metro más cercano al paseo de la Castellana y a los hoteles de esa zona. Así al abrirse la puerta, entré. Las puertas del metro se abren y se cierran como los momentos de la vida. Caminé hasta el centro del vagón y me sujeté al barrote de arriba para ir más seguro.

Después de unos momentos una masa amalgamada de jóvenes se pegó a mi cuerpo, tuve miedo de que me robaran la cartera que llevaba en mi bolsillo izquierdo, recordé que llevaba tres tarjetas de crédito y mis documentos; en el bolsillo de la derecha llevaba mi pañuelo impecablemente blanco que tenía bordadas mis iniciales G. V. , en una esquina.

Me puse alerta, observé con minucioso detalle cada una de las sensaciones esperando que de pronto mi cartera desapareciera. En el metro se anda y se vive. Fruncí las cejas cuando una mano masculina se escurrió, silente, muy cerca de mis genitales. Pero, claro, no iba a gritar.

Todos eran empujados en el metro y no daban el menor signo de incomodidad o de impaciencia, se acomodaban un poco la ropa y seguían su camino. Pero yo me movía intranquilo y al salir del metro salí gesticulando conmigo mismo, un poco alterado y sorprendido de que mi cartera estaba allí intacta. Desde ese día viajaba en taxi hasta el centro de cómputo.

Viajar en metro no son meras etapas de un viaje son verdaderas transformaciones. Han pasado dos años, y aún suelo evocar aquella sensaciónde roce entre mis piernas de aquel día que entré al metro, y mi chico, alto y moreno, me acompañay se sonríe.
 
     
     
 
* Rossana Cantarely
Escritora y profesora en el Departamento de Letras de la Universidad Centroamericana ¨ José Simeón Cañas ¨ UCA.
 
 
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