El poder de la religión

Natalia Gómez
Natalia Gómez

El poder de la religión

En la Plaza Libertad se han llevado a cabo manifestaciones, golpes de Estado y masacres. Hoy en día es un lugar de convivencia de los capitalinos y de cualquier persona que se atreva a perderse por los laberintos del Gran San Salvador.

La Plaza Libertad ha cambiado de nombre desde que en 1545 los pobladores de la villa de San Salvador la denominaron Plaza Mayor. Entre 1890 y 1911 pasó a llamarse Parque Dueñas. Después, el General Maximiliano Hernández Martínez la nombró Parque Libertad. Finalmente, en los 70’s se estableció el nombre actual. Foto por Diego Hernández

Por Diego Hernández

 

La ciudad capital de este país centroamericano empezó a construirse a mediados del siglo XVI, alrededor de lo que hoy se denomina como Plaza Libertad. Junto con la ambición de hacer crecer la urbe, los antiguos pobladores de la villa de San Salvador trajeron consigo la evangelización a través del cristianismo, cuyas prédicas aún resuenan en el corazón de la ciudad.

Desde la base del Monumento a la Independencia, un predicador evangélico sermonea con megáfono en mano a las personas que están en los asientos de cemento de la plaza. Según el Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, el 81% de la población salvadoreña es católico y evangélico. 

La pasión de Efraín por predicar es notable. Hay un calor avasallador, sin ninguna nube a la vista, y él da vueltas alrededor de la estatua de la Libertad para gritarle a toda la plaza, sin importarle el pequeño pedazo de sombra que la escultura le ofrece. Viste una camisa azul cuadriculada manga larga y un pantalón gris. Su ropa no ayuda con los 36°C de temperatura real que da un abrazo no deseado a los salvadoreños. Eran pasadas las 10 de la mañana cuando llegué a la plaza, pero él ya se encontraba ahí desde antes.

A pesar de la alta temperatura, el hombre, fiel a Dios, pregona sobre la palabra del que él considera su salvación. “¡La vida, tarde o temprano se acaba!”, exclama constantemente el predicador. Explica que la única manera de alcanzar la salvación es aceptando a Dios como único amo. 

Sus palabras resuenan por todo el espacio gracias a la acústica que ofrece la plaza. A veces, cuando se apasiona demasiado, las palomas reunidas en el cemento vuelan asustadas pensando que algo les pasará. Pero él no da tregua. Cada minuto que pasa son, por lo menos, cien palabras más que salen de su boca. Versículos, enseñanzas, experiencias, advertencias, hasta mensajes específicos para el público diverso presente. Una verdadera metralleta que dispara mensajes religiosos. 

No faltan las advertencias apocalípticas derivadas de lo que él llama una “sociedad corrompida”. Para él, y como lo dice la Biblia, las personas homosexuales son una aberración. “Los afeminados, las lesbianas, todo eso…”, gritaba denunciando la orientación sexual de ellos. Esto terminará en una destrucción de la sociedad de parte de Dios. Es el castigo que Él impondrá para finalmente corregir a la humanidad. “El hombre no entiende por las buenas, solo por las malas”, dice a gritos. 

De repente, otro hombre entra en el encuadre de la estatua con el predicador. Subió las siete escaleras de piedra hasta donde está el predicador y se sentó al lado norte de la estatua. Efraín sigue con su misión evangelizadora sin darse cuenta del hombre que acaba de llegar. Finaliza su mensaje con un “amén y amén”. Ya han pasado aproximadamente cuarenta minutos desde que llegué a la plaza y el sol sigue quemando sin piedad.

Efraín también reparte pequeñas impresiones con un mensaje que dice, “el plan de Dios”. Según el papel, el libro Efesios de la Biblia describe la terrible condición de vida de los hombres que están lejos de Dios; cómo el amor a Él ofrece salvación; cómo apropiarse de ella y la nueva paz que se tiene cuando los hombres se acercan a Dios. Foto por Diego Hernández

Observo que el hombre no identificado y Efraín comienzan a hablar. El hombre recien llegado, que viste de jeans y una camisa manga corta, se nota conmocionado. Sus ojos se ponen rojos y unas lágrimas se deslizan por sus mejillas. El predicador le dice que rezará por él, pone su mano derecha en el hombro del visitante, la otra mano apunta hacia el cielo, y empieza a rezar. Rodney se ve más conmovido. 

Al terminar aquella escena hablo con Efraín, quien me explica que se ve reflejado en la situación de Rodney. “Yo estaba igual con el alcohol y las drogas. Mi mamá y mi papá me pegaban. Pues sí, a ningún padre le gusta ver a su hijo así”, recuerda el predicador. 

Pero aquellos castigos físicos que recuerda no sirvieron para que dejara de beber alcohol y consumir otras drogas. Lo único que lo hizo despertar fue su devoción total hacia Dios, afirma. “Un día Dios transformó mi vida”. Hoy su rutina consiste en viajar desde su hogar en San Martín hacia una cantidad infinita de lugares para predicar la palabra de su Salvador. 

“Yo me meto a varias colonias. Nunca sé si van a ser de los números o de las letras”, dice al tratar de explicar lo peligroso que es pasar de un territorio a otro controlado por la pandilla contraria. Señalando y golpeando ligeramente con su dedo índice su libro sagrado, dice que le predica a los jóvenes pandilleros para que dejen su vida delincuencial. Esto no es extraño, ya que está documentado que una de las pocas salidas aceptables de una pandilla es convertirse en predicador. Efraín espera que algún día pueda convencer a un joven de soltar la pistola y agarrar una Biblia.

Aunque Rodney no pertenece a una estructura criminal, Efraín le ayuda con toda la disposición que tiene. Lo motiva a dejar de tomar y le recomienda seguir a Dios para salir de la situación en la que está. Cuando ve que ya está más tranquilo, se despide y se va a continuar su misión a la Plaza Morazán, a unos 200 metros al Norte. Me quedo sentado a la par del hombre emproblemado, quien ha escogido un buen lugar para sentarse, ya que la smbra de la estatua le da un respiro bajo el sol.

Rodney tiene 46 años. Hace tres meses golpeó a su esposa, y sus dos hijos la defendieron. El resultado fue que lo echaron de su casa. Perdió a su familia. A partir de ahí, empezó a beber licor y descuidó su trabajo como policía. Cuando intentó volver le dijeron que se había ausentado por mucho tiempo. Perdió su empleo. 

Lleva tres meses “agarrando zumba” hasta la perdición. Es imposible dudar de la veracidad al oler el aliento etílico de Rodney. Ahora no tiene nada excepto la ropa que lleva puesta. Vestuario que también evidencia su descenso hasta el abismo con un olor agudo a orina seca mezclado con sudor. Lleva meses sin darse un baño. Pero el problema de este hombre es más grave, cuenta que hace poco vomitó sangre. 

“Tengo cinco días de no dar un bocado de comida”, dice Rodney. Cada vez que habla parece que está a punto de llorar. Esto ocurre siempre que recuerda cómo perdió lo que tenía. Si habla de su esposa o de sus hijos, las últimas gotas de agua que le quedan en su organismo se convierten en lágrimas. “Lo único que quisiera es regresar a mi hogar”,   deice Rodney con las palabras ahogándose en su garganta. 

Después de hablar un poco más para volver a tranquilizarlo, me dice que está en el punto más bajo de su vida y que las palabras del predicador le ayudaron. Pero no es suficiente para salir de su calvario, “las palabras de Dios me ayudan, pero no me levantan”, me dice. 

La creencia en un Dios que se preocupa y ayuda es fuerte en Rodney, pero hay que tener los recursos necesarios para volver a tener una vida normal. Al cabo de una media hora de empatizar con él, me despido y camino por la plaza otra vez entrando al fuego del sol, en la antesala infernal del mediodía.

El poder que tiene la religión sobre la gente que cree es enorme. Con las palabras del predicador, es muy posible que Rodney encuentre la motivación para escalar de la oscuridad a la luz. De igual manera sucede con los pandilleros que quieren dejar la vida criminal. 

Las palabras encontradas dentro de la Biblia tienen un valor y una fuerza  que ha movido masas desde tiempos inmemorables. Pueden servir como única esperanza en situaciones difíciles, pero también para herir a otras personas o justificar acciones grotescas, como el odio hacia las personas homosexuales o algunas guerras. ¿Por qué se sigue utilizando la palabra de Dios para herir, sabiendo las propiedades curativas que tiene? “Un día me dijeron fanático, y yo les dije: Sí, pero fanático de Cristo”, remata orgulloso Efraín. Quizás ese sea el problema en algunos casos.

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