A diferencia de un perro, la fauna exótica se rige por instinto y no por afecto, tener una mascota exótica no es buscar un amigo, es convertirte en el guardián de un sistema biológico que no te necesita, pero que depende totalmente de ti para no morir.

Por Erick Martínez y Larissa Argueta

A las 12 del mediodía Pablo Alarcón termina su jornada estudiantil, se despide de sus amigos y empieza su camino a casa; al llegar, el ruido de la ciudad se disipa para dar paso a otro ambiente, el de sus mascotas que lo esperan. No solo escucha el clásico ladrido o aullido de perros, el parloteo de aves, el siseo de iguanas y serpientes, también está la imagen de los peces en un tanque transparente al interior de su casa.

Pablo tiene 19 años de edad y tiene en casa 30 animales de diferentes especies: una serpiente, aves, tortugas terrestres y acuáticas, peces y diversos lagartos. Su pasión por estos animales nació antes de que pudiera a comprenderla, siendo no un pasatiempo, sino una responsabilidad con una regla de oro que para él es vital seguir: “Los animales exóticos son más para verlos que para estarlos tocando”.

Pablo relata que esta conexión con los animales comenzó desde que era pequeño, cuenta que le interesaban más los programas televisivos de animales que los infantiles, películas como Jurassic Park o Godzilla lo ayudaron a despertar su curiosidad, y cuando cumplió 5 años, su abuela lo ayudó a acercarse a ellos, a través de unos pericos que le regaló.

La interacción con animales no domesticados requiere de una mentalidad distinta. Pablo enfatiza que no se trata de un cariño recíproco entre este tipo de animales y quien los posea, ya que las serpientes, tortugas y anfibios no sienten afinidad por las personas. En su lugar, él ha cultivado lo que denomina “mutuo respeto”. La serpiente, por ejemplo, reconoce el aroma de Pablo, y ella lo interpreta como su cuidador y quien le da alimento y que no representa peligro, pero aclara que eso no significa que sienta afecto, sino una confianza condicionada.

Entre todos los habitantes de su casa, hay uno que suele despertar las reacciones más intensas: una boa colombiana (Boa imperator) macho de cuatro años que Pablo ha criado desde que tenía apenas meses de nacida. Este tipo de reptil, también conocido comúnmente como masacuata, no es agresivo ni venenoso.

La boa todavía no alcanza los cuatro metros que pueden llegar a medir algunas de sus parientes en libertad. Permanece en un terrario amplio donde su dueño replica las condiciones que necesitaría en su hábitat natural: gradientes térmicos, escondites, humedad controlada. Su dieta consiste en roedores que Pablo adquiere específicamente para ella, con una frecuencia que varía según la época del año y su ciclo metabólico. «Si el foco de calor se quema y no te das cuenta, su comida se fermenta en el estómago y puede morir», advierte.

Cada terrario debe replicar no solo la temperatura y humedad que el animal necesitaría en libertad, sino también ofrecerle espacios para esconderse, trepar o sumergirse, según su naturaleza. Foto cortesía de Pablo Alarcón.

La casa de Pablo es una vivienda de un piso, similar a cualquier hogar de clase media en una zona residencial promedio de San Salvador. Es un espacio cuidadosamente organizado, donde cada centímetro cumple una función. En la cochera hay varios muebles organizadores de dos niveles que albergan los terrarios de reptiles y anfibios, apilados en vertical para optimizar el área. Los peces, en cambio, están en su cuarto: los acuarios están junto a su cabecera, una estampa que para muchos sería impensable, pero que para él es parte de la normalidad.

«Los reptiles, anfibios y peces son mascotas ideales para casas pequeñas o apartamentos», explica Pablo. «Comparado con lo que necesita un perro o un gato, el espacio que requieren (los anfibios y peces) es mucho menor». Eso sí, matiza que depende de la especie: una iguana, por ejemplo, necesita más espacio que sus geckos o la serpiente.

Lo que sí exigió una solución aparte fue el aviario: el patio, algo más amplio que el promedio, tuvo que ser techado por completo para que las aves puedan volar libres, un lujo que no cualquiera puede permitirse, pero que él considera una inversión ética innegociable.

Diariamente, Pablo tiene que mantener un control estricto sobre los ambientes. Debe regular la humedad y la temperatura para que sus mascotas estén libres de peligro. Las aves tienen un aviario completo para poder volar sin peligro de fuga. Los reptiles tienen sus respectivos terrarios con escondites, agua y focos de calor. Este nivel de cuidado responde a una ética personal profunda: «A mí me gusta brindarles un buen espacio… A mí se me hace algo no muy ético, por ejemplo, cortarle las plumas de las alas [a las aves] para que ellos no puedan volar» opina. Para él, el bienestar del animal está primero, aunque eso signifique transformar su propia casa en un zoológico.

No obstante, mantener este ecosistema privado no es sencillo, Pablo debe destinar buena parte de sus ingresos al mantenimiento, comida y un ahorro de emergencia por si sus animales se enferman. El problema, dice, es que cuando eso pasa, «sale un poco más costoso porque no hay tantos veterinarios en el país que te vean, no sé, una iguana». A eso se suma el gasto en energía: los reptiles necesitan fuentes de calor constante y los peces, sistemas de filtración y calefacción. La factura de electricidad es un tema recurrente en su casa.

Las enfermedades más comunes en estos especies suelen estar relacionadas con errores de manejo. El veterinario Carlos Soriano, uno de los pocos especialistas en el área, explica que los problemas metabólicos —como el hígado graso o la deficiencia de vitaminas— encabezan la lista, seguidos de infecciones derivadas de malas condiciones de higiene o alimentación inadecuada. «La mayoría de estos animales, por instinto, esconden los síntomas de enfermedad. Cuando el dueño nota que algo anda mal, muchas veces ya es demasiado tarde», afirma.

Una consulta veterinaria especializada puede costar varias veces lo que cuesta una revisión para un perro o un gato, y los tratamientos —cuando existen— suelen ser igualmente costosos. «No solo pagas al veterinario, pagas el conocimiento que muy pocos tienen», reflexiona Pablo. Por eso, mantiene un ahorro de emergencia destinado exclusivamente a la salud de sus animales.

Los reptiles y anfibios son animales ectotermos: su metabolismo, la digestión, el ritmo cardíaco y el sistema inmunológico, se "enciende" o se "apaga" según la temperatura ambiental. Foto cortesía de Carlos Soriano.

Además, la libertad de su vida se ve limitada. Salir de viaje no es tan simple como encargarle las llaves a un vecino. Explica que para él es complicado dejar esta responsabilidad a alguien más, como un amigo o un vecino. Por eso, cuando la familia entera planea una salida, alguien tiene que quedarse. A veces, su hermana toma el relevo, comenta que dejar a treinta animales no es una responsabilidad que se le pueda encargar a cualquiera.

Pablo sabe que mucha gente adquiere estos animales por moda, por un impulso estético o por lo que ven en redes sociales. Por eso su mensaje es claro y lo repite como una advertencia: «Un animal no es una decoración en tu casa. Un animal es una mascota, un compañero que hay que cuidar y respetar».

Si bien la habitación de Pablo ya funciona como un santuario de vida animal, la ciencia explica por qué ese equilibrio es muy frágil de mantener. Para la bióloga Valeria López, la tenencia de estas especies no es un pasatiempo, sino la gestión de sistemas biológicos complejos que no admiten errores. A diferencia de los animales domésticos que han evolucionado durante miles de años junto al ser humano, los reptiles y anfibios mantienen sus instintos y necesidades silvestres prácticamente intactas. «Con esas especies tendríamos que pasar muchos, muchos años para que se diga que esta especie es de domesticación», advierte la especialista.

El primer gran reto para cualquier persona que incursiona en este mundo es garantizar la supervivencia básica. Los reptiles y anfibios son animales ectotermos: su metabolismo, la digestión, el ritmo cardíaco y el sistema inmunológico, se «enciende» o se «apaga» según la temperatura ambiental. En la naturaleza, resuelven esto moviéndose entre el sol y la sombra. En cautiverio, esa capacidad de decisión desaparece y recae por completo en el cuidador.

Soriano, especializado en animales exóticos, enfatiza un concepto que muchos dueños ignoran: el gradiente térmico. No basta con colocar solo un foco caliente en algún rincón, el recinto debe replicar la naturaleza con una zona cálida y otra fría, esto es necesario para los diferentes procesos que necesitan realizar estos animales. Un ambiente mal regulado les dificulta mantener la temperatura adecuada para sus funciones fisiológicas básicas, con consecuencias que pueden ser letales en cuestión de horas.

Pablo conoce bien esa advertencia. En su casa, el control de la temperatura no es un lujo, sino una necesidad que marca el ritmo de sus días. Cada terrario cuenta con su propio sistema de calefacción: focos de cerámica, mantas térmicas y termostatos digitales que regulan la temperatura con precisión milimétrica. «Dependiendo de la especie, algunos necesitan hasta 30 grados en la zona cálida y 24 en la fría» dice.

Mantener este ecosistema privado no es sencillo, Pablo debe destinar buena parte de sus ingresos al mantenimiento, comida y un ahorro de emergencia por si sus animales se enferman. Foto cortesía de Pablo Alarcón.

La relación de Pablo con sus mascotas no solo implica responsabilidad hacia ellos, sino también conciencia sobre los riesgos sanitarios de convivir con especies no domésticas. El médico Carlos Soriano explica este fenómeno bajo dos conceptos que todo propietario de vida silvestre debería conocer.

El primero es la zoonosis, es decir, las enfermedades que pueden transmitirse de los animales a los humanos. Investigaciones de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) confirman que los reptiles son portadores asintomáticos de Salmonella, con una frecuencia que ronda entre el 50% y el 90% de los individuos, dependiendo de la especie y las condiciones de manejo.

E Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) estima que cada año se registran alrededor de 70,000 casos de salmonelosis asociados al contacto con reptiles y anfibios, afectando especialmente a niños menores de cinco años, adultos mayores y personas inmunocomprometidas.

El segundo concepto, menos conocido pero igualmente peligroso, es la anti zoonosis: la transmisión de patógenos o sustancias dañinas desde el humano hacia el animal. Un estudio publicado en la revista EcoHealth advierte que los anfibios, en particular, están experimentando declives poblacionales a nivel global, debido a la transmisión de patógenos humanos. Su piel, sumamente permeable, les permite respirar y regular su hidratación, pero esa misma característica los convierte en esponjas biológicas vulnerables a todo lo que las personas llevamos en las manos.

Según los especialistas, cuando una persona decide albergar una especie silvestre en su hogar, no está simplemente adquiriendo una mascota. Está creando un puente biológico entre dos mundos que, en condiciones naturales, rara vez se cruzan. Y como en todo puente, el tráfico puede fluir en ambas direcciones.

La tenencia de fauna no convencional en El Salvador se encuentra en una encrucijada ética y jurídica. Mientras el interés por estas especies crece entre particulares como Pablo, el marco legal se ha vuelto más riguroso, dejando a muchos cuidadores ante un sistema burocrático que no siempre resulta fácil de navegar. «La ley indica que hay sujetos autóctonos, que esos son los penados por la ley tener», explica el veterinario Carlos Soriano, dejando claro que no todos los animales exóticos está prohibido tenerlos.

En El Salvador, la protección animal se divide en dos grandes leyes que funcionan en paralelo. Por un lado está la Ley Especial de Protección y Bienestar Animal aprobada en 2022, ejecutada por el Instituto de Bienestar Animal (IBA). Esta norma se enfoca en el trato digno y las condiciones de vida de cualquier animal bajo cuidado humano.

Bajo esta ley, los 30 ejemplares de Pablo —sus serpientes, iguanas, loros y tortugas— deben gozar de lo que el Artículo 6 define como las condiciones fundamentales para su bienestar: «acceso a alimentación y agua de forma que permita un adecuado estado de salud», «instalaciones y ambores adecuados a la especie» y «atención veterinaria oportuna».

El Artículo 7 desarrolla estas obligaciones con mayor precisión, estableciendo que los propietarios deben garantizar «un ambiente adecuado que permita la manifestación de los comportamientos propios de la especie» y «condiciones que eviten el dolor, el sufrimiento, la angustia y las enfermedades».

En la práctica, esto significa que cada terrario debe replicar no solo la temperatura y humedad que el animal necesitaría en libertad, sino también ofrecerle espacios para esconderse, trepar o sumergirse, según su naturaleza. El incumplimiento de estas disposiciones, tipificado en el Artículo 30 como infracción grave, puede ser sancionado por el IBA con multas que oscilan entre cinco y diez salarios mínimos, dependiendo de la reincidencia y la severidad del caso.

La segunda es la Ley de Conservación de la Vida Silvestre, ejecutada por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN). A diferencia del IBA, esta ley no ve al animal como «mascota», sino como recurso natural. El Artículo 24 establece que la tenencia de vida silvestre solo puede autorizarse bajo condiciones específicas, mientras que el Artículo 25 prohíbe expresamente la posesión de especies declaradas en peligro de extinción o bajo régimen de protección. Esta ley determina quién puede tener un animal y quién no, basándose en si la especie es autóctona (nativa) o alóctona (exótica). Las infracciones, según el Artículo 43, pueden ser sancionadas con multas de hasta cien salarios mínimos.

El veterinario Soriano lo explica con un ejemplo concreto: «Si estamos hablando de una Lora cachetes amarillos que es de Honduras, no hay ningún problema». Pero la cosa se complica, porque «tampoco se puede decir que sean legales, porque tampoco es legal reproducir ciertas especies». En la práctica, esto significa que un animal puede estar bien cuidado (según el IBA) pero ser ilegal (según el MARN) si pertenece a una especie protegida o fue extraído de la naturaleza sin permisos.

Pablo ha optado por un camino que considera ético y legalmente seguro: «Yo no mantengo especies protegidas en lo que respecta a El Salvador, especies en peligro de extinción. Todo lo que yo tengo es nacido en cautiverio, todo sin excepción». Para él, esta distinción no es un mero formalismo, sino una convicción personal: «tampoco me gusta contribuir al tráfico ilegal de especies que es en lo que se enfocan estas leyes que están aquí en el país», declara.

Pero, ¿cómo se prueba que un animal realmente nació en cautiverio? En caso de una inspección, no basta con la palabra del dueño. El MARN exige documentación de respaldo como facturas de compra en criaderos legalmente registrados, certificados de nacimiento en cautiverio emitidos por establecimientos autorizados, o permisos de importación si la especie proviene del extranjero. En muchos casos, los criaderos legales entregan a los compradores un documento que acredita la procedencia del ejemplar, con datos de la especie, la fecha de nacimiento y el registro del establecimiento.

La posición geográfica de El Salvador lo convierte en un punto crítico en la ruta que conecta los países proveedores de vida silvestre (como Nicaragua y Honduras) con los mercados consumidores, tanto locales como internacionales. Según reportes del MARN e investigaciones de la revista InSight Crime, el tráfico se alimenta de una demanda que en muchos casos parece inofensiva: la de tener un «animal de compañía» diferente.

La bióloga Valeria López dice que entre las especies más afectadas están «las aves, en este caso los citarios o pericos, como les decimos, son los que más sufren. Por ejemplo, en el país tenemos seis especies de pericos o loros, y todos se encuentran amenazados de peligro de extinción». Se le suman las tortugas, los monos, las iguanas y otras especies, cuya extracción está vaciando los ecosistemas sin que se note.

El Código Penal salvadoreño, en su Artículo 261, establece que la tenencia de fauna protegida puede acarrear penas de 2 a 4 años de prisión. Sin embargo, la aplicación efectiva de la ley enfrenta desafíos enormes, desde la dificultad de detectar el tráfico hasta la falta de recursos para perseguirlo.

Sin embargo, cuando se realiza un decomiso, sea en un puesto de control, un mercado o una vivienda, surge una pregunta: ¿Que pasa con los animales? La respuesta no es sencilla, y el camino que recorren estas criaturas es, en muchos casos, muy triste.

El principal destino es el Centro de Confinamiento de Vida Silvestre del MARN, que opera con alianzas estratégicas con entidades como la Fundación Zoológica de El Salvador (FUNZEL). Esta organización no gubernamental, fundada en 1989, nació precisamente para prestar servicios de apoyo al Zoológico Nacional de El Salvador, para fortalecer los programas de rescate, rehabilitación y liberación de la fauna silvestre decomisada en el país.

En 1995, la fundación logró crear el primer Centro de Rescate y Rehabilitación de Fauna Silvestre del país, en alianza con la Autoridad Administrativa CITES y el MARN. Durante años, este centro recibió animales decomisados provenientes principalmente de Nicaragua y Honduras: psitácidos (loros y pericos), iguanas y garrobos. Pero en 2001, los terremotos que sacudieron El Salvador destruyeron las instalaciones, y el centro nunca volvió a operar con la misma capacidad.

Algunas tortugas y lagartos pueden superar los 50 años de vida, sobreviviendo a menudo a sus propios dueños. Foto cortesía de Pablo Alarcón.

Hoy, su enfoque principal está en la conservación de tortugas marinas —especialmente en las playas de San Diego, Majahual y Toluca—, donde mantienen corrales de incubación y programas de liberación. Pero también continúan brindando atención veterinaria a fauna silvestre decomisada y desarrollando campañas de educación ambiental para evitar el tráfico y tenencia de animales silvestres como mascotas en cautiverio.

A pesar de la existencia de protocolos, la capacidad para aplicarlos es limitada. Los centros de rescate tienen espacios pequeños, los especialistas son pocos y los recursos siempre escasean. Muchos animales decomisados, especialmente aquellos que han vivido largos períodos con humanos, desarrollan lo que se conoce como «impronta»: se acostumbran tanto a la presencia humana que pierden la capacidad de cazar, de defenderse o de relacionarse con sus similares. Por ello, la liberación no es una opción.

La Ley de Protección y Bienestar Animal y la Ley de Conservación de Vida Silvestre representan avances importantes, pero como señalan los expertos, todavía falta camino por recorrer: falta regular con parámetros técnicos específicos, falta incentivar la formación de más veterinarios especializados, falta educar a la población para que entienda que un animal silvestre no es un adorno ni un capricho.

La historia de Pablo condensa el dilema de tener animales exóticos en El Salvador: un acto que equilibra la pasión personal con una responsabilidad para la que pocos están preparados y dispuestos a asumir. Detrás de cada ejemplar hay necesidades biológicas complejas, leyes que se cumplen a medias y un tráfico ilegal que sigue vaciando los ecosistemas. Al final, la pregunta no es si podemos tener estas especies, sino, si estamos dispuestos a darles lo que realmente necesitan. Y ahí, como lo demuestra Pablo, no hay respuestas a medias.

Departamento de Comunicaciones y Cultura

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